Los pueblos se mueren, ¿qué podemos hacer?

Para nosotros, el pueblecito extremeño donde pasamos casi todos los veranos es un pequeño paraíso. Fronterizo con Huelva, está rodeado de montañas y llegar a él no es sencillo, ya que no hay ningún medio de transporte público que lo conecte con una capital. Pero una vez allí, no hay un silencio mayor a la hora de la siesta ni puestas de sol más embriagadoras.

De pequeño viví allí un año, y lo recuerdo como un lugar muy vivo, rebosante de actividad. Para carnaval, todos los niños de clase nos disfrazábamos igual y actuábamos en el teatro municipal; en Navidades, los Reyes Magos en persona nos entregaban los regalos en un escenario de la plaza del pueblo; y caminábamos mucho, pasábamos largas horas en la calle y nos colábamos en algún huerto a coger fruta; o cogíamos flores de la carreteras y los caminos que iban a los campos. Yo tenía mi propio mote: «Induráin», porque siempre me veían en bicicleta. Allí fue además donde por primera vez reconocí la mancha de leche de la Vía Láctea en un cielo negro salpicado por miles de estrellas. 

Pero desde hace unos veranos noto que algo le pasa al pueblo. Cada vez hay más comercios cerrados, más casas en venta, más tejados caídos porque murió un antiguo propietario y nadie tomó el relevo. El pueblo, poco a poco, se está quedando vacío, se está muriendo.

La gente me describe casi con pánico la realidad del año. «En verano es muy bonito, pero el invierno aquí es durísimo. Hace mucho frío, anochece pronto y no hay nadie en la calle». Otra persona nos llegó a decir algo que a mí me dejó en shock: «Vivir aquí fue la peor decisión de mi vida». «Mis hijas ahora tienen inquietudes, pero cualquier sitio para hacer algo está demasiado lejos. En Barcelona tenéis de todo y más, pero aquí no hay nada». «La gente joven, cuando llega al bachillerato, la FP o la universidad se va a alguna capital, y ya no vuelven, ¿para qué volver? Aquí solo se quedan los más tontos». 

Qué amarga preocupación la que me asalta. La fuga de talentos no solo es de España hacia el extranjero, también de los pueblos a las ciudades o hacia la nada. Me pregunto cuántas mentes creativas habrán quedado o quedarán frustradas porque la economía rural no les dio los medios para desarrollarse. Es entendible esa fuga desde el punto de vista personal.

Pero estamos siendo testigos de un abandono muy rápido de los pequeños núcleos rurales. Paso por delante de grandes casas de antaño, casi palaciegas, que hace solo unas décadas eran reflejo de una población próspera y ahora están literalmente abandonadas, porque a nadie ya le interesa vivir allí por muy confortable que sea la vivienda. Son los castillos en ruinas de nuestro tiempo.

¿Qué será de los pueblos dentro de 20, 30 o 50 años? Quizás muchos no existan y los visitaremos como quien hace un tour por el Belchite viejo. ¿Viviremos todos hacinados en las grandes ciudades?, ¿en un extrarradio larguísimo, hiperdenso y contaminado?, ¿qué pasará con nuestros campos?, ¿quién se ocupará y preocupará de la mayor parte del territorio del país?

El pueblo está en severo peligro de extinción y es urgente buscar soluciones. De entrada, para mi sorpresa, en este lugar tan remoto llega la fibra óptica. Con buenas conexiones a internet y con empleos cada vez más digitalizados se abre una brecha de esperanza para la España vaciada. Por ejemplo, desde los Gobiernos podría incentivarse el teletrabajo que se desarrolle desde zonas rurales.

Por otro lado, los pueblos necesitan actividad, ¿por qué no organizar una plataforma estatal que de algún modo facilite el acceso al cine, teatro o música en directo? Y no hay que olvidar el talento. Hay que facilitar el acceso a las actividades de desarrollo personal asegurando que no se encuentren a más de una cierta distancia de cualquier población. Sin actividad, la gente fácilmente puede quedar recluida en sus casas, consumidas por las pantallas, el alcohol u otras drogas, lo que a su vez empobrece el entorno y reduce todavía más su atractivo.

La formación. ¿Por qué no dotar de todas las herramientas formativas posibles para que la población desarrolle sus campos o emprenda proyectos? Probar nuevos cultivos o implantar técnicas más modernas. Hay campos que todavía se trabajan como en la Edad Media.

Y por supuesto, el transporte público. Clama al cielo el abandono de la región extremeña. Si no es posible coger un bus para desplazarse a una población cercana que quizás tenga un comercio más especializado o un centro de referencia, ello va en detrimento de ambas poblaciones. Evidentemente es una infraestructura deficitaria, pero lo será cada vez más si no se detiene la fuga. Por cierto, en Canarias me llamó la atención la excelente red de guagas en islas como Tenerife o Gran Canaria, que puede servir de ejemplo para otras comunidades. 

En definitiva, hay que hacer algo pronto, porque temo que en unos años las casas del pueblo estarán ya demasiado caídas como para poder volver a levantarlas.

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