Ahorro y consumo con un toque personal

Fragmentos de ¡Huy!, de John Lanchester

Fragmentos escogidos de
¡Huy! (Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar),
de John Lanchester
Anagrama, 2010

CRONOLOGÍA DEL CRASH
Tal vez podamos sentir una punzada de orgullo nacional [los británicos] ante la idea de que el problema mundial comenzó en Northern Rock, que en septiembre de 2007 experimentó el acontecimiento sin duda más temido que puede darse en una institución financiera y del que durante un siglo no se había tenido noticia en Gran Bretaña: el pánico bancario. Fue tal la cantidad de gente que acudió personalmente a retirar dinero, que el banco terminó entregando el 5 por ciento de su activo total, nada menos que 1.000 millones de libras esterlinas en efectivo. Tal vez sintamos también una punzada de nostalgia al pensar que en el momento de su nacionalización, unos meses más tarde, los 25.000 millones de libras del rescate de Northern Rock supuesieron la suma más alta que cualquier gobierno del mundo hubiera otorgado nunca a una empresa privada.
     Así, así estaban las cosas… La ola realmente grave de rescates y quiebras empezó con el banco de inversión Bear Stearns en marzo de 2008 y pasó al siguiente nivel con la “tutela” sobre Fannie Mae y Freddie Mac, los gigantes con respaldo estatal que financiaban la industria hipotecaria norteamericana, el 7 de septiembre, la mayor nacionalización de la historia del mundo. A eso siguió, ocho días después, la mayor bancarrota de la historia del mundo, cuando el banco de inversión Lehman Brothers entró en el Capítulo 11, que es la forma norteamericana de declarar la suspensión de pagos. Al día siguiente se produjo el mayor rescate de una compañía privada en la historia, cuando el gobierno se hizo cargo del 79,9 por ciento de la aseguradora AIG. El 14 de septiembre de 2008, el Bank of America tomó el control de Merrill Lynch, el banco cuyo símbolo es el brioso toro de Wall Street. El 18 de septiembre llegaron noticias de la mayor fusión bancaria -que se tuvo cuidado en no denominar adquisición- de la historia británica: Lloyds compró HBOS, la mayor entidad hipotecaria de Gran Bretaña, con el 20 por ciento del mercado. Este acuerdo desprestigió a Lloyds en el mercado y obligó a su jefe, Victor Blank, a abandonar su puesto. El 21 de septiembre, Goldman Sachs, el mayor banco de inversión del mundo, y Morgan Stanley, otro bando de inversión gigante, convirtieron su situación legal en holding, cambio que les permitió el acceso a la ayuda de la Reserva Federal a cambio de un importante incremento en el nivel de supervisión. El 28 de septiembre, los gobiernos de Luxemburgo, Bélgica y Holanda nacionalizaron el banco Fortis, el mayor empresario privado de Bélgica, a un coste de 1.300 millones de euros. El 29 de septiembre, fue nacionalizado el banco británico Bradford and Bingley a un coste de 41.300 millones de libras esterlinas, y su red de ramificaciones fue vendida al banco español Santander. Hypo Real State, la gigantesca entidad hipotecaria alemana, fue rescatada el 5 de octubre a un coste de 50.000 millones de euros. Al día siguiente se derrumbó el sistema bancario de Islandia. Durante el fin de semana del 11-12 de octubre, el sistema bancario inglés estuvo al borde de la quiebra; fue, me dijo un importante banquero, “el único momento de mi vida profesional en que sentí verdaderamente miedo”. Ese mismo fin de semana, el RBS recibió una inyección de dinero estatal del orden de los 20.000 millones de libras, la primera estapa del rescate. A partir de entonces, la cosas se calmaron, salvo algún ocasional rescate menos que nos afecta, como el de la industria automotriz norteamericana o la empresa constructora Dunfermline.

EL RESCATE DE AIG
Cuando AIG tuvo que incrementar su cobertura lateral, no pudo, porque los mercados de crédito se habían endurecido. Pero como AIG era Demasiado Grande Para Quebrar, el gobierno de los Estados Unidos intervino con un rescate financiero el 16 de septiembre, por valor de 85.000 millones de dólares, a cambio del 79,9 por ciento de la compañía. (El rescate -los hay de distintos tipos- se materializó con una línea de crédito a veinticuatro meses. Para buscar una analogía con las finanzas personales, esto significaba que AIG podía valerse de la cuenta bancaria del gobierno). El 9 de octubre, AIG recibió otros 37.800 millones de dólares en crédito. ¿Fue suficiente? No. El 10 de noviembre el Tesoro de los Estados Unidos inyectó otros 40.000 millones de dólares en la compañía mediante la compra de una nueva emisión de acciones creada con ese fin (otra variedad de rescate). ¿Ahora sí? No seamos ingenuos. El 1 de marzo de 2009 el Tesoro entregó otros 30.000 millones a la compañía y reestructuró los términos de su préstamo para que la devolución del dinero del gobierno fuera menos dura. Al día siguiente, la compañía anunciaba una pérdida trimestral -no anual, trimestral- de 62.000 millones de dólares, los peores resultados de su historia.

LAS AGENCIAS DE CALIFICACIÓN
Dada la importancia de las agencias de calificación crediticias, casi literalmente con poder para dar forma al destino de naciones enteras, era de esperar que hubiese reglas estrictas que acotaran su comportamiento, sus decisiones y cualquier influencia que de ellas pudiera derivarse. Pero, en la práctica, las agencias de claificación eran el peor ejemplo de incentivos mal orientados. Sus principales clientes -la gente que más dependía de ellas a causa de sus calificaciones- eran los bancos y otros inversores que canjeaban y compraban bonos sobre la base de las evaluaciones de las agencias de calificaciones crediticia. Hubo una época en que estos inversores tenían acceso a las calificaciones de las agencias por medio de un servicio de suscripción, pero hacia mediados de los años setenta, la SEC (U.S. Securities and Exchange Commission) cambió su criterio sobre la manera en que debía funcionar el negocio y, aparentemente, decidió que las calificaciones crediticias eran demasiado importantes para ser un servicio restringido y basado en suscripciones y que, en cambio, debían ser algo que la comunidad en general tuviera derecho a conocer. Naturalmente, las calificaciones seguían teniendo un precio, de modo que la SEC decretó que a partir de ese momento la compañía emisora de bonos debía pagar a la agencia de calificaciones por su evaluación, que luego sería materia de dominio público. Esto creó de inmediato un conflicto de intereses. Involuntariamente, y por motivos irrecusables, la SEC había dado lugar a una situación en la que quienes quedarían marcados por las agencias de calificación eran al mismo tiempo los principales sostenes económicos de esas mismas agencias. El proceso de evaluación de bonos y de instrumentos de deuda es un negocio muy, muy grande.

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