Ahorro y consumo con un toque personal

Fragmentos de Una luna, de Martín Caparrós

Fragmentos escogidos de
Una luna, de @Martín_Caparrós
Anagrama, 2009

Lo que a mí más me ha gustado de Una luna son, sin duda, las entrevistas que realiza Caparrós a diversos migrantes del mundo. Cada cual más dramática e increíble. Sin embargo, aquí destaco las reflexiones del periodista, que discurren en un plano diferente al de las entrevistas.
PREGUNTA POR EL BIEN DEL MUNDO
-¿Y cómo te sentías cuando matabas a alguien? [a un niño soldado retirado]
Le pregunto al otro, chiquito pura fibra, ojos muy afilados. Se lo pregunto compungido, hablando bajo, con ese tono correcto compasivo de quien entiende que es duro hablarte de ese momento tan difícil pero qué se le va a hacer, no queda más remedio, es por el bien del mundo, ya sabés, es bueno que se digan estas cosas.
-Goooood!
Dice el chico soldado, un alarido.
-Good?
-Yeah. Cuando matás a alguien es que el tipo te pudo matar. Entonces vas y lo matás vos, es tan bueno, te sentís tan genial. (p53)

EL INODORO HOLANDÉS
[En Holanda] La primera vez que me senté en un inodoro y noté mis rodillas menos flexionadas, mi espalda más erguida, mi culo más altivo, supuse que era un capricho o error del constructor, y entonces se apagó la luz y me distrajo. A la tercera -cada vez estoy más rápido- empiezo a sospechar que los holandeses tienen una buena razón para poner los inodoros mucho más altos que lo que acostumbramos. Primero pienso en un descubrimiento médico -algo sobre la posición defecadora más erecta favoreciendo la emisión metífica-; después me digo que, evolucionistas constantes y serenos, seguramente han tomado en cuenta que el tiempo pasa y cambia: ¿por qué , en un mundo en que la media de altura ha aumentado casi veinte centímetros en un siglo, tendríamos los mismos inodoros que cuando vivíamos más cercanos al suelo? El viento de la historia sopla por todos los rincones. (p75)

FOTOGRAFÍAS DE TURISTAS
Los turistas nunca fotografían a “los turistas”. Sacan, por supuesto, megagigas de fotos de sí mismos, marido a mujer, padres e hijos, amantes a su amante. Y de los lugares que mostrarán de vuelta a casa -la torre tal, la iglesia cual, aquella estatua-, pero nunca de “los turistas”, uno de los fenómenos culturales más extraordinarios de estas décadas y, en general, tan tozudamente fotogénicos. La pureza es que no haya otros turistas, como si los lugares prestigiosos que van a visitar fueran descubrimientos que hacen solos, indiana jones de cotillón de feria. (p78)

COCINA CON ADJETIVOS CONTEMPORÁNEOS
[En Madrid] Ahora veo que mi querido café Correos ha sido reemplazado por un restorán que ofrece “alta cocina mediterránea, sana y rápida”. Hace tiempo que no veía una cocina tan cargada de adjetivos -tan tristementes contemporáneos. Esa cocina dice que es de una zona prestigiosa -mediterránea- y además, por si quedaba alguna duda, es alta- Pero eso puede ser peligroso: pesadeces, humores revirados- y te explican que es sana. Como esa gente a la que le importa que la comida sea prestigiosa y saludable no suele tener tiempo, te tranquilizan: es rápida. Quizás no sea muy rica, pero de esos nunca hemos hablado. No se trata de eso. (p121)

CONSERVAR EL MUNDO
Yo empecé a querer cosas en la época en que querer algo era querer algo distinto de lo que te decían: en que querer algo lo que te decían estaba asimilado a no querer nada. Lo cual, por supuesto, también era pura ideología, pero me parecía casi natural: una ideología funciona cuando sus portadores sanos y menos sanos no se dan cuenta de que la portan, la consideran pura lógica.
Por eso, ahora, me resulta tan difícil de entender esto que veo: que pareciera que lo que casi todos quieren es lo que les ofrecen. Se quejan, emigran, protestan, trabajan, sufren, buscan porque quieren lo que les dijeron: un buen empleo, una casa, calma, una familia, un coche, unos ahorros, la estabilidad, las garantías de que dentro de veinte años todo será más o menos como hoy.
Pretenden garantías.
Y los que antes quisieron cambiar el mundo ahora, en general, quieren conservarlo. Quieren conservar los paisajes, la libertad de focas y pingüinos, la comida lenta regional, los vinos del terruño, las reservas de bosques, las tradiciones religiosas, la cultura de los inmigrantes -y los mejores, aún, quieren conservar vidas humanas y se van al África o a Latinoamérica a ver si salvan unos cientos del sida la gripe o la malaria.
Salvar lo que queda, preservarlo, conservarlo. Ésa es la derrota. Me pregunto cuánto tiempo y cuánto pasará hasta que el cambio vuelva a ser la meta.
Mientras tanto, el cambio es lo que hacen los malos, la derecha, el poder: el cambio es deshacer todo lo que los cambios anteriores consiguieron o, en el mejor de los casos, producir tecnología maravillosa que, por el momento, produce sociedades cada vez más ancladas en sus deseos pedorros. (p126)

LA PARADOJA DE LA ESCLAVITUD NEGRA
[Hablando sobre Zambia] Me impresiona esa ironía de la historia: los descendientes de aquellos prisioneros negros deportados como esclavos a los Estados Unidos de América ahora viven bastante mejor, en términos generales, que los descendientes de los negros libres que se quedaron aquí. Que la esclavitud pueda ser una ventaja parece una paradoja. Puede que lo sea. (p140)

ABSURDO PODER ABSOLUTO
[Zambia] Un señor gordo, mal afeitado, sentado en silla de plástico en la puerta de un ministerio o algo así, dice que no. Nadie puede entrar por esa puerta -o muy poquitos- y el señor gordo está ahí para decirlo: el señor dice que no cientos de veces cada día. Las maneras del no: silencioso, un leve movimiento de cabeza, compasivo, altivo, casi grito, desdeñosos, comprensivo, un murmullo, distante. El señor gordo se pasa el día, todos los días, ejerciendo su poder absoluto: de tan absoluto, sólo sirve para ser poder.(p143)

BUROCRACIA AFRICANA
[Zambia] Llevo buena parte del día tratando de cambiar mi vuelo a Johannesburgo, porque ya terminé mi trabajo y quiero irme. Es sábado; a la mañana voy a la oficina de la línea aérea y está cerrada; después pruebo con un par de agencias de viajes -cuyos carteles dicen que están abiertas- y están cerradas. Después llamo febril a la oficina del aeropuerto de la línea aérea -que, dicen, atiende todo el día pero no contesta nadie o da ocupado. Es un pasaje de South African Airlines, y tarde se me ocurre la idea salvadora: llamar al teléfono de atención al cliente en Sudáfrica, un país más organizado. Llamo, y una voz me dice que los sábados atienden hasta las 18. Son las seis y veinticinco. Entonces, último recurso, se me courre intentar el número de esa misma compañía en Estados Unidos. Lo busco en internet, llamo, consigo. En cinco minutos el cambio estaba hecho. Los Estados Unidos son, dicen, todavía, los que mandan. (p162)

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1 comentario

  • Dic 25,2011
    Tasnim Aslam

    Muy interesante! sobre todo el fragmento que habla de los niños soldado. Nunca pensé que, a esos niños que les obligan a luchar en la guerra, les acabara por gustar matar. Preocupante.

    Sigue así!

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