Ahorro y consumo con un toque personal

Fragmentos de El muelle de Ouistreham, de Florence Aubenas

-Victoria y Fanfan crearon la sección de los “precarios”, que tenía que reunir a la masa creciente de trabajadores con empleos dispersos: dependientes de supermercado temporales, limpiadoras, subcontratados… El sindicalismo no era tarea fácil en un mundo de hombres, organizado alrededor de las grandes secciones: el metal, los astilleros, Correos… Declarabana, refiriéndose a sí mismos: “Nosotros somos los bastiones”. Con eso lo decían todo: el resto no contaba para nada. En las manifestaciones, a algunos les daba vergüenza que los vieran al lado de cajeras del Continent o de mujeres armadas con una escoba. Se trataba de su huelga, su manifestación, su pancarta y su sindicato. (p111)

Tiene miedo de perderlo todo. L’Immaculuée le ha encontrado dos contratos más, uno de cicno horas y media a la semana para limpiar escaleras en un edificio de viviendas y otro de una hora y tres cuartos al día en una cruasantería antes de la apertura. El edificio está al lado de su casa, pero la cuasantería está a veintidós kilómetros. Contando el dinero de la gasolina, el segundo contrato no le reporta prácticamente nada y pasa tanto tiempo desplazándose como trabajando.
– Entonces, ¿lo has rechazado? – le pregunto
– No.
Espera para dentro de muy poco un contrato tan ventajoso que compensará los sacrificios hechos tanto para la cruasantería como para Le Cheval Blanc.
– ¿Crees que me lo van a dar? A lo mejor sólo me están camelando.
Nos decimos que, de todos modos, no nos podemos permitir rechazar un empleo.
– Si lo haces una vez, estás jodida, desaparecida, anulada. La empresa no te llama nunca más. Hay muchas esperando detrás de nosotras. ¿Te acuerdas de lo duro que era cuando no teníamos nada? (p152)

Al terminar el turno, me vuelvo a encontrar con las demás en el vestíbulo, detrás de los cristales, alrededor de las máquina de café de la empresa. En ninguno de los lugares donde he trabajado he visto nunca que ninguna de nosotras utilizara las máquinas de bebida o de golosinas. No está prohibido, simplemente es impensable. De hecho las evitamos -por miedo a que alguien piense que holgazaneamos a su alrededor-, excepto en el transbordador, donde todo el mundo se detiene a darle mamporrazos para ver si cae algo, ya sean monedas o chocolatinas. Jamás compramos nada. Aunque nadie nos lo haya dicho, sabemos que la máquina expendedora no es para nosotras, pertenece a un mundo al que no tenemos acceso: el mundo en el que uno responde cuando le suena el móvil y no calcula el tiempo que perderá si va al baño. (p202)

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