Ahorro y consumo con un toque personal

A 18 euros de la salvación

Su aspecto no hacía sospechar en un principio la desesperación que albergaba en su interior. Rubio, ojos claros, delgado, mochila de excursionista a la espalda. Su imagen era más propia de un joven turista alemán que la de alguien que acude al párroco de la iglesia como último recurso, horas antes de que la ciudad entera durmiera. Espera algo nervioso su turno ante la puerta de la sacristía, como un fiel cualquiera. Cuando el sacerdote le atiende, su rostro se convierte entonces en una olla a presión de angustia contenida.

Sale de la iglesia sin haber conseguido lo que buscaba. Nos cuenta entonces, atropelladamente, retazos de su mala fortuna. Hijo de madre española y padre argentino, lo que le ha proporcionado respectivamente el acento argentino y un DNI español. Lo demuestra enseñando la tarjeta con la indignación de quien quizás pensó alguna vez que ese cartón plastificado podría salvarle de tener que dormir en la calle. Llegó a Barcelona no hace mucho y desde hace tres semanas trabaja como guardia de seguridad en El Corte Inglés. Como no tenía con qué pagar una habitación, ha dormido a la intemperie. “¿Alguna vez has dormido en la calle?”, nos pregunta a mí y a Tasnim. “En los cajeros viene la policía a despertarte a las cuatro de la madrugada. ¿Y adónde vas? En la playa me robaron la cartera mientras dormía”.

Pidió un adelanto en la empresa de seguridad para la que trabaja. Según cuenta, con lo que le dieron le faltan 18 euros para pagar una habitación que cuesta 180. Fue a Cáritas a pedir ayuda y allí le indicaron que debía dirigirse primero al párroco de su zona, donde está empadronado. Sin embargo, no puede estar empadronado porque no tiene aún vivienda, nos cuenta exasperado. A la iglesia entró en busca de esos 18 euros. “Pido por la calle pero la gente no me da nada. Como soy joven piensan que me lo voy a gastar en droga. ¡Pero yo ni siquiera bebo!” Se cuestiona incluso su propia apariencia, que es del todo correcta.

Es de noche, la gente está a esas horas cenando apaciblemente en el calor de sus hogares. Los albergues para gente sin sitio donde dormir están abarrotados. El argentino gira sobre sus propios pasos. “No tengo adónde ir. No sé dónde ir. Si calle arriba o calle abajo”. Se marcha sin pedirnos nada, calle arriba. Nos quedamos pensando adónde irá. Nos cuestionamos a nosotros mismos: ¿debíamos haberle dado los 10 euros que teníamos en nuestras carteras? Su mirada angustiada aún arde en la memoria.

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